La guerra según Eastwood

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Se hace dificil escribir una crítica de una película que significa tanto para ti, de un director que tanto y tan bien te ha marcado. Suele cometerse en estos casos el error de caer en subjetividades y en exagerados halagos derivados del amor que uno profesa por una nueva obra de uno de sus directores preferidos. Sin embargo voy a intentarlo, porque creo que es mi deber como amante del cine rendir tributo al que para mi ya es uno de los más grandes directores de todos los tiempos.

Tras una larga e irregular carrera como director, parece que en los últimos años, Eastwood ha encontrado ese punto de madurez reflexiva y de dominio completo de la técnica, y ahora mismo parece empeñado en ridiculizar a sus múltiples detractores, cosechando una brutal colección de obras magistrales. Anteriormente nos había obsequiado con esas maravillas llamadas “Bird” y “Sin Perdón”. Años después volvió con fuerza, con la perturbadora “Mystic River”, y la durísima y magistral “Million Dollar Baby”. Tras el brutal éxito de esta última, Eastwood abordó un ambicioso proyecto, narrar la historia de una de las más sangrientas y memorables batallas de la segunda guerra mundial, la batalla de Iwo Jima.

A muchos se nos hizo la boca agua solo de pensar lo que Eastwood podía lograr con una cinta bélica, y las noticias y rumores inundaron desde entonces las webs, blogs y revistas de internet. Y más aún cuando nos enteramos que Spielberg sería el productor de la película. Las expectativas se dispararon cuando se confirmó uno de los rumores; Eastwood rodaría dos versiones de la contienda, una desde el punto de vista americano, otra desde el punto de vista japonés.

Las expectactivas se cumplieron con creces, no tanto entre el público, pero si entre la crítica, que no dudó en alabar el intento de Eastwood por narrar los hechos desde ambos bandos enfrentados, con un díptico cinematografico tan ambicioso como arriesgado.

El valor de este tremendo díptico de Eastwood sobre la guerra no es algo que pueda valorarse en términos de éxito de taquilla o crítica. Eastwood, en pleno dominio de su arte y técnica, se sintió libre para hacer el trabajo que más le apetecía hacer. Documentandose y empapandose de historia junto a su colaborador más fiel de los últimos tiempos, Paul Haggis, Eastwood llegó a una conclusión: en la guerra no hay heroes, tan solo personas como tú o como yo que ansían por encima de todo vivir y regresar sanas y salvas junto a sus familias. Ese mensaje flota constantemente en las dos películas que conforman el díptico de Eastwood sobre la batalla de Iwo Jima; “Banderas de nuestros padres” y “Cartas desde Iwo Jima”.

En la primera, vemos la batalla desde los ojos de los marines estadounidenses, y como estos son más tarde utilizados por su gobierno, llevando de gira por todo el país a tres de los soldados que aparecieron izando la bandera de Estados Unidos en la famosa foto de Joe Rosenthal, foto que sirvió para aumentar significativamente la moral del país y aleccionar a los ciudadanos para comprar bonos con los que el gobierno recaudaría fondos para la guerra. Aquí Eastwood nos cuenta una historia de anti-heroes en clave heroica, tres soldados a los que les adjudicaron el puesto de heroes sin merecerlo realmente, puesto que como ellos mismos dicen en la película, “no luchaban por su país y su patria, solo luchaban por sus familias y por sus compañeros”. Con constantes flashbacks y saltos temporales, Eastwood insiste y redunda en su mensaje, siendo esto posiblemente el mayor lastre de la película. Sin embargo, cuando la terrible violencia y realismo de la batalla da paso a la mirada compasiva de ese cine tan clásico y reflexivo al que nos tiene acostumbrados, la película se crece, dejandonos momentos de esos que justifican el pagar los 6 euros de la entrada del cine y los 20 que cuesta el DVD. “Banderas de nuestros padres” no es la mejor película de Eastwood, pero si es una gran película bélica, rodada con un estilo y elegancia absolutamente apabullantes.

Parece sin embargo que Eastwood concentró todas sus energías en la segunda parte de este gran díptico antibélico. “Cartas desde Iwo Jima” fue un proyecto humilde en su concepción, empujado principalmente por el propio Eastwood, que quedó maravillado al leer las cartas que el general Kuribayashi , el encargado de la última defensa de la isla, enviaba a su familia. Eastwood se empapó de Japón y sus tradiciones, para lograr captar luego con la cámara un espíritu tan peculiar como el nipón.

Moviendo la cámara entre luces y sombras (el trabajo de Tom Stern otra vez imprescindible), guiados por la sobria e implacable interpretación de Ken Watanabe, y acompañados por una maravillosa banda sonora, triste y bella a partes iguales, Eastwood nos somete a un impresionante torrente de emociones en estado puro, tan grandes y majestuosas que uno no puede más que sentirse tremendamente insignificante ante la grandeza de la épica y los sentimientos que subyacen bajo cada uno de los personajes de “Cartas desde Iwo Jima”, personajes todos muy bien definidos, que recogen todos los aspectos de la cultura japonesa, y que se debaten constantemente entre el “deber” de servir con honor y hasta la muerte a su patria, y el deseo de sobrevivir a toda costa y regresar con sus familias.

Eastwood construye una bella y dolorosa elegía del desastre, una increíble e inmensa radiografía de todos los códigos éticos y morales que mueven a las personas en una guerra, y constituye también un ejemplar estudio de nuestra propia condición humana, detestable y noble a la vez. Una apoteosis continua de sentimientos y emociones, de impresionante poderío y poder de conmoción. La experiencia cinematográfica más estimulante, sobrecogedora, humana y estremecedora de la última década, y coronada por un final esplendoroso, de embriagadora tristeza y desolación.

Creo que lo mejor que puede decirse de “Cartas desde Iwo Jima” es que es una película sumamente intensa y terrible, muy dura en ocasiones, pero también es bella y compasiva. Es ese contraste el que provoca esa especia de emoción contenida que nos acompaña durante el visionado de toda la película, dejandonos el estomago del tamaño de un chicle. Eastwood consigue dejarte sin aliento con brutales escenas como las de los hara-kiri explosivos o la matanza de rendidos, para luego insuflarte bocanadas de ese aire irrespirable del gran cine, con escenas de una belleza desbocada y una sensibilidad extrema. Rodada con tono poético (el de las cartas de los soldados acompañadas por la bella composición musical de Kyle Eastwood, el hijo del maestro), y con una veracidad y realismo que asusta (mención especial a la secuencia de los bombardeos), “Cartas desde Iwo Jima” se erige en una colosal obra maestra cuya relevancia y repercusión es desconocida hoy en día. Huele a clásico eterno.

“Cartas desde Iwo Jima” es, para el que aquí les escribe, la obra maestra definitiva de Clint Eastwood. Una obra tan ajustada a derecho y forma, tan grande, única e inolvidable que incluso mejora a su predecesora, coloca a Eastwood en el altar de los más grandes, y por si no fuera suficiente, sitúa a este tremendo díptico sobre la batalla de Iwo Jima en las cotas más altas de la cinematografía de todos los tiempos, y junto a “Senderos de gloria” de Kubrick, como el mayor y más bello alegato antibelicista de la historia del cine.

A pesar de que ambas son dos grandísimas películas, “Banderas de nuestros padres” ha quedado como la peor de las dos. Realmente es así, “Cartas desde Iwo Jima” es superior, quizás menos comercial y entretenida, pero mucho más artística y profunda. No obstante se complementan la una a la otra, llegando a tener escenas en común e historias paralelas que sirven como nexo de unión entre ambas, con pequeños detalles de esos que un cinéfilo mira con lupa para después saborear intensamente. En “Cartas desde Iwo Jima” sabremos por ejemplo qué le ocurre a un soldado americano que había desaparecido en “Banderas de nuestros padres”. También en “Cartas desde Iwo Jima” veremos a lo lejos y desde los ojos del general Kuribayashi como los soldados americanos colocan la bandera en el monte Suribachi. O en la escena final veremos un plano que enlaza magistralmente a las dos películas. Los detalles, otro de los elementos que hacen grande a una película, y a los que Eastwood les dio su debida importancia.

Resulta frustrante ver que películas como Spiderman o Piratas del Caribe, totalmente prescindibles y absurdas, arrasan en las taquillas de todo el mundo, mientras que películas profundamente artísticas y personales como “Cartas desde Iwo Jima” las ven cuatro gatos, los que se enteraron de su estreno y fueron a verla a los cuatro cines contados donde se estrenaba (en España solo se distribuyeron 68 copias). Por no hablar del injusto trato que recibió en la gala de los Oscar, donde se saldó una deuda histórica que se tenía con Scorsese. No me malinterpreten, “Infiltrados” es una gran película, pero “Cartas desde Iwo Jima” es infinitamente mejor. Supongo que es el precio que tendrá que pagar Eastwood por el capricho de rodar en japonés y dejarla así, sin doblajes y solo con subtitulos. Muchos le tienen miedo a leer más de dos frases seguidas en una película, por lo que constituye una seria candidata a entrar en la lista de película de culto. Casi como una joya oculta en la arena de azufre de la playa de Iwo Jima, solo visible para quien sepa apreciarla.

Supongo que mis palabras tan solo destilan rendida y sumisa admiración por Eastwood. En realidad no siento ni quiero decir nada más. Estas dos películas son un sueño hecho realidad, la culminación definitiva de todos los sueños, anhelos y aspiraciones que despierta en mi el cine. Forma ya parte del refugio al que acudo de vez en cuando en busca de un poco de humanidad y de esa pasión por la vida y la libertad que tantas fuerzas da para seguir adelante en este mundo cada vez más frío y deshumanizado.

Un duro y emotivo testimonio de la crueldad e inutilidad de todas las guerras. Jamás en la vida podremos los seguidores de Eastwood pagar la deuda que tenemos con él, y con las horas de inmenso cine que nos ha regalado. Tan solo, desde aquí, agradecerselo, una y otra vez, y aprender a “hacer siempre lo correcto, simplemente porque es lo correcto“.

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