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Los Siete Samurais, de Akira Kurosawa

mayo 30, 2007

El mítico director japonés, Akira Kurosawa (1910-1998) se ha ganado con el tiempo, merecidamente, un lugar entre los más grandes directores de todos los tiempos. Nadie como él para mostrar la miseria y la dualidad ética en la que nos movemos constantemente los seres humanos. Tratando temas tan amplios como el poder y la ambición, la amistad, la muerte y el sentido de la vida, la miseria, el temor a la hecatombe nuclear… ha cosechado una colección de grandísimas películas. Desde Ran (con un tratamiento del color espectacular), Vivir (precursora de películas como American beauty), Kagemusha (con una puesta en escena majestuosa), El trono de sangre (espectacular adaptación de McBeth de Shakespeare en el japón medieval), Dersú Uzala (preciosa y emotiva historia de amistad) y Rashomon (película hipnotica y misteriosa que nos habla de manera aplastante de la dualidad ética del ser humano). Pero hoy quiero hablaros de la que es, muy posiblemente, su película más emblemática: Los siete samurais.

Los siete Samurais narra la historia de un grupo de campesinos, que hartos de sufrir los ataques de una banda de ladrones, decide contratar los servicios de un grupo de Samurais para que les protejan, a cambio tan solo de cobijo y comida.

Con un sentido narrativo ejemplar, y esa violencia estilizada tan característica del cine de Kurosawa, Los siete Samurais ha quedado para los anales de la historia del cine como una de las más grandes películas-espectáculo de la historia, tan imponente que deja en bragas a todas las películas de aventuras de la actualidad. Una de esas raras y unicas obras en las sientes que todas las escenas tienen algo importante que contarte, que hay un verdadero artista y narrador detrás de la cámara, que te regala unos encuadres tan maravillosos que no te dejan despegarte ni un momento de la pantalla.

En el primer visionado asistimos a un espectáculo de primer orden, donde todo queda eclipsado ante la asombrosa capacidad de Kurosawa para imprimir un carácter épico y sumamente intenso a todos los elementos que conforman la historia. Así pues asistimos primero a la búsqueda incesante de los campesinos por encontrar a siete samurais que les protejan de los bandidos. En una segunda etapa, contemplamos la planificación y preparación de la defensa de la aldea de los campesinos, y como estos se entrenan a las ordenes de un inspirado Takashi Shimura como cabecilla de los samurais. En la parte final visionamos, atónitos y con el alma en un puño, la impresionante batalla final, ejemplar en cuanto a planificación y estilo, rodada bajo una intensa lluvia, que dota a toda la escena de una épica y dramatismo sin igual.

Pero lo verdaderamente imponente, y después de más de 3 horas de película, llega al final. Y tan solo en una frase, pronunciada por uno de los personajes principales. No voy a desvelar qué frase es, para no fastidiar a los que no la hayan visto, solo decir que esa frase, pronunciada justo al final, y de la manera que es pronunciada, dota de una nueva intensidad al conjunto de la película. Esa frase tan tonta e insignificante en realidad, nos obliga a revisionar la película entera, que ahora adquiere en todas sus escenas nuevos matices y una profundidad dramática sencillamente demoledora. No es una simple película de aventuras lo que hemos visto, es algo mucho más profundo y conmovedor, la decadencia nostálgica de la figura del samurai, el sacrificio inútil que han realizado, la derrota final de un mundo que se desvanece, regido por un honor y un sentido del deber que ya nadie parece valorar.

Ese final, triste y crepuscular, tiene claras reminiscencias del cine de John Ford,  director al que Kurosawa idolatraba, especialmente de la que para mi es su mejor obra, “El hombre que mató a Liberty Valance” western de indecible amargura y melancolía y que también describe esa pérdida del sentido del honor y el paso a un nuevo mundo con otras reglas y otros códigos. De hecho, Los siete samurais parece en ocasiones un western de John Ford, y no es de extrañar pues que en 1960 se rodara en Hollywood un western inspirado en la película de Kurosawa, con el nombre de “Los siete magníficos”.

Hay muchos prejuicios entre la juventud respecto al cine antiguo, pero Kurosawa es uno de esos directores que los rompen todos, porque su cine sigue siendo vigente hoy en día. Unió lo mejor del cine occidental (aspectos del western de John Ford y del cine negro) con lo mejor del cine japonés (el lirismo y poesía de autores como Mizoguchi u Ozu).

Fue esta extraña y peculiar relación entre dos mundos tan distintos lo que originó las grandes críticas hacia Kurosawa, acusado de ser “el más occidental de los directores orientales”. Sin embargo el tiempo ha puesto a cada uno en su lugar, a los críticos en el olvido, a Kurosawa como uno de los más grandes, y a “Los siete Samurais” como un imponente, impresionante, majestuoso ejemplo de como aunar el cine comercial y el artístico.

Imprescindible, única e irrepetible, una fija en todas las listas de las mejores películas de la historia, imborrable en nuestras retinas y en nuestra memoria.

Colección Charles Chaplin en El Mundo

mayo 17, 2007

El otro día os hablaba de uno de los grandes genios de la historia del cine, Charles Chaplin. Pues bien, cual es mi sorpresa cuando voy al Quiosco y veo un DVD del documental “Vida y obra de Charles Chaplin“, documental dirigido por Richard Schikel y que fue presentado en el festival de Cannes del 2003.

El DVD pertenece a una colección de Filmoteca El Cultural de El Mundo, y consta de 17 volumenes, con toda la filmografía básica de Chaplin. El primer DVD, el del documental, es gratis con la compra del periodico. Los siguientes cuestan 7.50 euros cada uno. Una nueva entrega cada jueves. Teneis más información aquí.

Una oportunidad única para hacerse con la obra de mi amado Chaplin.

Senderos de gloria

mayo 15, 2007

“No podemos dejar que los soldados decidan si una orden es posible o no. Si una orden no es posible, la única prueba válida son sus cadáveres en las trincheras.


Metropolis, de Fritz Lang

mayo 15, 2007

Tan solo hay dos películas declaradas por la UNESCO patrimonio de la humanidad, Los olvidados de Buñuel, y Metropolis, de Fritz Lang. Hoy vamos a hablar de esta última.

El por qué de este honor es evidente cuando se visiona por primera vez esta monumental obra del cine mudo. Los decorados, impresionantes para la época, son un alarde de originalidad y magnificiencia. En el cine mudo el decorado era de suma importancia para poder expresar muchas cosas que no podían expresarse con el sonido, pero en Metropolis el decorado adquiere un sentido e importancia aún mayor, siendo un protagonista más de la historia. Lang siempre tuvo mucho mimo por los decorados y los efectos especiales (Como en M, el vampiro de Dusseldorf) , pero creo que el trabajo artístico en Metropolis es su gran obra maestra. He aquí una muestra:

Película de ciencia ficción, rodada en 1927, justo antes del nacimiento del cine sonoro, fue una gran producción de la UFA , productora alemana de suma importancia para el desarrollo del expresionismo alemán.

Ambientada en un mundo futuro, muestra una enorme ciudad donde existen dos sectores de la sociedad, la nobleza, que habita en la superfície de la ciudad, y el proletariado, que trabaja y vive esclavizado en las profundidades de la ciudad. Estos últimos, espoleados por un robot, inician una revolución, destruyendo todas las maquinas que sirven para alimentar a la ciudad. Freder (Gustav Frolich), hijo del dueño de Metropolis pero con más conciencia social, y con la ayuda de María, intentará detener la revolución.

Metropolis tanto temáticamente como tecnicamente fue una película visionaria. Suele considerarse que la ciencia ficción como género nació con esta película, y ha servido de inspiración para muchas obras del género y ha dado lugar a varias versiones. Su conciencia social y la visión apocalíptica que hace del futuro es de una clarividencia que asusta.

Sin embargo el metraje original se perdió, entre recortes de la cinta y a causa también de la segunda guerra mundial. En los 80 se encontraron parte de esas escenas perdidas, por lo que se restauró una nueva versión, añadiendo fotografías, textos explicativos y nueva música de Queen o Bonnie Tayler. Existe otra versión, que es la recomendable, con musica clásica.

Recomendable de todas maneras sea cual sea la edición que adquirais. Obra maestra de uno de los cineastas clave de la historia del cine, imprescindible en el desarrollo del cine de ciencia ficción.

Apocalypto, el saltimbanqui pre-colombino

mayo 13, 2007

Que Mel Gibson es de ultraderechas es algo que ya sabemos todos, una realidad innegable. Que sea un buen cineasta es algo que aún está por ver, a pesar de lo que muchos quieren hacernos creer.

Curado de espanto por la odiosa “La pasión de Cristo”, me dispongo a ver la último del amigo Mel, Apocalypto, que a sus paso por los cines cosechó críticas nefastas y otras muy buenas.

La cosa empieza medianamente bien. La recreación y ambientación están fuera de toda crítica. La fotografía es sobresaliente, el sonido de la selva lo empapa todo. La música acompaña bien.

Apocalypto narra la historia de “Garra de Jaguar” (Rudy Youngblood), cazador que vive tranquilamente en su aldea con su esposa embarazada y su hijo. Un día se ven asaltados por un grupo rival. Hecho prisionero es llevado a la ciudad del gran imperio Maya, en la que asisten a un macabro y demente espectaculo, un festín de sangre y sacrificios humanos para rendir tributo al Dios “Makucán”. Salvado “in extremis”, Garra de Jaguar emprende el viaje de retorno a casa, para salvar a su hijo y esposa.

Esta es la historia de Apocalypto. Siento decir que no hay más. Lo que mcuhos han llegado a calificar como obra maestra, no es más que una película de acción ambientada en el imperio maya. Ultrarrealista, sangrienta y violenta cinta a la que constantemente se le ve el plumero. Grandes dosis de adrenalina, música mística y épica y postales mega-estudiadas de esas que tanto le gustan a Mel Gibson.

No es que sea mala, porque hay cosas a las que agarrarse. Hay batallas impresionantes, ralentizadas para mayor espectacularidad (la sombra de Matrix es alargada) y la fotografía como ya he dicho antes es extremadamente buena, pero nunca llegamos a saber el por qué de la caída del imperio maya (aunque lo intuyamos levemente al final), no hay inmersión dramática en los personajes. No hay historia, tan solo acción, frenética eso si, y ambientada en un mundo poco explorado por el cine. Poco más.

Al final tenemos la sensación de haber asistido a un producto más comercial que artístico, por mucho que Mel se empeñe en darle veracidad al asunto rodando en una lengua nativa. Hay grandes dosis de violencia explícita, mucha adrenalina y bastante entretenimiento. Pero ni por asomo hay gran cine.

Charles Chaplin

mayo 12, 2007

Inauguro mi andadura en este blog hablando de uno de los personajes cruciales, no solo en la historia del cine, sino de la historia del siglo XX.

La memoria cinéfila de mi infancia recuerda a un tipo con bigote jugando con una bola del mundo. Sí, es la tan famosa escena de “El Gran Dictador”, en la que Chaplin, caracterizado como Hynkel, dictador de “Tomania”, juega con una enorme bola del mundo, en una genial y aplastante metáfora sobre el nazismo y Hitler.

Chaplin era un cineasta increible. Y no lo era por la genialidad de sus encuadres (que también), sino por todo lo que aportó al cine, sobretodo a la comedia. Sin Chaplin no habría nada, es así de sencillo. El humor desgarrado, inteligente, el gag tras el cual hay una brutal crítica al sistema, ese humor que eleva el alma, nacido de la inocencia más pura, pero también de la “mala leche”, de aquel que ha sufrido en sus propias carnes la miseria y la pobreza.

Podria extenderme hablando sobre la vida y obra de Chaplin, pero ya se ha escrito mucho sobre esto. Creo que lo más justo y honesto que puedo escribir acerca de Chaplin es que es, para mi y para miles y miles de personas en el mundo, aún hoy día, una inspiración, una religión cuyo mensaje deja huella. Todo el amor que profesaba Chaplin por la libertad y la vida queda reflejado de algún modo u otro en todas sus películas.

La vitalidad y esperanza de Candilejas, la inocencia pura y la busqueda sin tregua del amor en La quimera del oro, la bondad y dulzura de Luces de la ciudad, la brutal crítica contra la alienación del individuo en las sociedad industriales en Tiempos modernos, o ese canto al amor y a la libertad en El Gran dictador.

Ningún cineasta se merece tanto como él la calificación de artista. En todas y cada una de sus obras se desprende un aroma a clásico eterno, a genialidad desmedida, un talento puro, genuino, impresionante. Lo que aportó Chaplin al cine y al siglo XX es irremplazable. Y ahí quedan sus películas. 30 años después de su muerte aún siguen proyectandose en cines y televisiones de todo el mundo, aún siguen provocando risas y llantos, rompiendo absurdos prejuicios sobre el cine mudo.

Con justicia se le ha considerado a veces como el mayor artista del siglo pasado junto a Picasso. Un visionado a cualquiera de sus películas basta para saber por qué. 30 años después de su muerte solo queda el seguir rindiendole tributo, rendirse ante todo lo que ha aportado al cine y la vida, seguir con fiel admiración su ideal: el amor y la vida por encima de todas las cosas.